martes, 1 de junio de 2010

Relato completo

Al olor del puerto que se cuela por Las Ramblas, a Canaletas que cumplió con su hechizo, al Gótico, a las glorietas donde los enamorados bailan rock and roll, a los tejados de Gracia, a la magia del parque Güell, y claro, a Joan, quien me acompañó en cada embeleso.


“Escalera de Palabras”

Gabriel, un marinero.

I.

Desde que era muy niño quise ser marinero, pero sólo hasta hace muy poco tiempo pude cumplir mi sueño. Tengo 48 años, no tengo hijos, no tuve, bueno, es lo que creo, pero en eso no quiero pensar ahora. En el lugar donde vivo me conocen como Gabriel, pero ese no es mi nombre, preferí darle la razón a Montserrat, cuando me dijo que tenía cara de un ángel que iba a anunciar cosas buenas, sólo sonreí un poco y le dije que parecía una pitonisa de nombres, porque exactamente ese era mi nombre. Montse es la dulce nieta de Jacinto, un buen amigo en este tramo del viaje.

¿De dónde vienes?, preguntan todos, y como mi acento no es de ningún lugar dejo que ellos también construyan escaleras de palabras e inventen el lugar de donde partí en mi último viaje, aunque no será el último.



II.

Mi rostro recuerda al de un latino cualquiera, pero tal vez podría haber llegado de un barrio de Los Ángeles, de una mujer que llegó de Guanajuato y buscaba cumplir sus sueños. Algunos de ellos se hicieron ciertos, al menos encontró el amor en George, un trabajador de un supermercado donde Juana entró a trabajar y desde que se vieron se enamoraron, pocos años después nací yo. Pero no, esa tampoco es mi historia.



III.

Creo que ya la he olvidado. La verdad, creo, existe en las palabras y en las imágenes que los otros hilvanan para inventarte como ellos quisieran que fueras.





Tres millones de latidos, Jorge Drexler. Armar la trama.

“Estoy aquí de paso,

yo soy un pasajero,

no quiero llevarme nada,

ni usar el mundo de cenicero.



Estoy aquí sin nombre,

y sin saber mi paradero.

me han dado alojamiento en el más antiguo

de los viveros.



Si quisiera regresar,

ya no sabría hacia dónde,

pregunto al jardinero,

y el jardinero no me responde.

Hay gente que es de un lugar,

no es mi caso,

yo estoy aquí, de paso.



El mar moverá la luna,

o la luna a las mareas.

Se nace lo que se es

o se será aquello lo que se crea.

Yo estoy aquí perplejo,

no soy más que todo oídos

me quedo con mucha suerte

tres mil millones de mis latidos



Si quisiera regresar

ya no sabría hacia cuándo

el mismo jardinero debe estárselo preguntando.

Hay gente que es de un lugar

no es mi caso.

yo estoy aquí

yo estoy aquí, de paso.

yo estoy aquí, de paso”.



EL Olor de los puertos

A Gabriel lo conocí desde el día que llegó al puerto. Ya han pasado como dos años, no sé, él dice que ya se asombra porque no le gusta pertenecer a ningún lugar, y tampoco quiere que la gente pretenda que él deje de ser un extranjero. Si eso es algo que le molesta a algunos y a donde llegan "hacen lo que vieron", a él no. Es un hombre muy extraño, a veces podría parecer hasta hosco, ermitaño, pero cuando te permite entrar un poco a su vida descubres que es un buen hombre al que le gusta contar y que le cuenten historias. Habla de tantas personas que ha conocido en sus viajes, que una vez me lo confesó: "ya no sé si me la contaron, me la inventé o fui yo el que la viví".



En serio, así es Gabriel, por eso realmente no podría decirte cómo es exactamente. Nada de lo que hay en la cabaña de alquiler que habita puede decirte quién es, escucha música y noticias en un radio viejo y aprende catalán porque de lo que sí está seguro es que de cada lugar donde permanece debe aprender su idioma, ahora ya habla como un lugareño, pero es que como le dije hace un rato, según él ya lleva demasiado tiempo aquí y aún no tiene fecha de salida para su próximo viaje. Es muy raro que alguien tan libre como él se haya acostumbrado a Sant Adrià de Besós, o bueno, a la playa cercana porque desde su ventana lo que más alcanza a distinguir son las fábricas, las chimeneas y el puerto.



Es el olor del puerto es lo que le gusta, eso dice, el olor es lo que lo ha hecho quedarse en un sitio o en otro. Y como eso es lo único que no puede llevarse de los lugares, por eso nunca guarda objetos, ni recuerdos, no trae relojes en su mano, ni fotos que hablen de alguien, ni el más mínimo recuerdo que hable de él o de su historia. El día que pretendí averiguar un poco más de él y adelanté por unos minutos nuestra cita en su casa, entré sin forzar, nunca cierra con llave, por eso abrí, y aunque no se lo pregunté creo que no le gustó mucho que yo hubiera entrado a su lugar, pero como te dije no había nada, un mapa de Barcelona, otro de Badalona, una bolsa de algo que compró allá en Sant Adriá y no sé, unas tazas, pocas, unos platos, también pocos y si no calculo mal, dos pantalones, dos pares de zapatos y tres camisas. Ah, sí, había algo que no sé por qué estaba olvidando, un libro, grande, gordo, después supe que era de un escritor colombiano que no es García Márquez, no recuerdo cómo se llama, lo que me contó Gabriel es que son siete novelas de un marinero como él, uno igual de solo y viajero cómo él, del que tampoco recuerdo más que era un gaviero.

De Un Bel Morir, Álvaro Mutis





...De pie en una barca detenida en medio del río

cuyas aguas pasan en lento remolino de lodos y raíces,

el misionero bendice la familia del cacique.

Los frutos, las joyas de cristal, los animales, la selva,

reciben los breves signos de la bienaventuranza.

Cuando descienda la mano

habré muerto en mi alcoba

cuyas ventanas vibran al... paso del tranvía

y el lechero acudirá en vano por sus botellas vacías.

Para entonces quedará bien poco de nuestra historia,

algunos retratos en desorden,

unas cartas guardadas no sé dónde,

lo dicho aquel día al desnudarte en el campo.

Todo irá desvaneciéndose en el olvido

y el grito de un mono,

el manar blancuzco de la savia

por la herida corteza del caucho,

el chapoteo de las aguas contra la quilla en viaje,

serán asunto más memorable que nuestros largos abrazos...



Donde la inmensidad se la llevó.



-No le creo Gabriel, eso tiene que ser inventos suyos.

-Ah, pues entonces no me crea.

-¡Cómo así! ¿Se va a ir?

-La marea está subiendo.

-No me puede dejar así.

-¡Quién lo entiende Jacinto! ¿No que era un invento? Va a tener que darme posada por hoy.

-Pues claro, pero venga me acompaña a la casa y nos acabamos el vino del otro día.

-Esto va para largo entonces.

-Es que nunca me hubiera imaginado algo así.

-¿Qué es lo que le parece raro? ¿Qué alguien se ame de esa forma?

-Me hubiera gustado mucho sentir algo así.

-Todavía puede.

-No me haga reír.

-Me está mintiendo marinero, eso debió sacarlo de ese libro gordo que no suelta.

-No Jacinto, fue verdad. Mire, siempre he guardado esta foto. Ya está muy arrugada, pero la guardo porque así los conocí.

-Usted está lleno de sorpresas. Pensé que no guardaba recuerdos de nada.

-De ellos sí.

-Le marcó la vida, ¿cierto?

-Tal vez. Yo tampoco creía en las historias de amor.

-¿Dónde fue eso? ¿Aquí?

-No, pero es cerca, en San Sebastián. ¿Conoce?

-¿Al norte, no?

-Sí.

-No, La Jacinta nunca me ha llevado hasta allá. El motor no aguanta ese viaje tan largo. Pero no me de vueltas, ¿cómo fue entonces que ella se murió?

-Se ahogó, no sé, como unos quince días después de que les tomara la foto. Ellos me contrataron para que los llevara en Melancolía de un lado a otro bordeando toda la costa norte. A veces viajábamos el día entero, otro día me pedían que me detuviera para ellos bucear. Uno de esas tardes fue. Él subió a la superficie y esperó, una hora después comenzó a ponerse nervioso. Los dos eran buzos profesionales, jamás él se hubiera imaginado que ella podría ahogarse. Volvió entonces al mar y unos minutos después regresó con ella ya sin vida. Los llevé hasta la playa. No quiso que lo acompañara y parecía como si con la muerte de ella, a él se le hubieran acabado las palabras. Me senté a mirarlo desde lejos mientras la bañaba con agua pura y la peinaba. Le puso un vestido blanco y le hizo un altar frente a la playa con flores rojas y velas de varios colores. La gente se acercaba, intentaban hablar con él, pero nunca contestó a sus llamados.

-¿Cómo así? ¿Entonces nunca le dio sepultura?

-No, cristiana sepultura, no. Volvió a hablarme un día, me pidió que le trajera unas tablas viejas y él mismo le construyó el ataúd. Lo enterró en la arena. Al menos el lugar que escogió estaba bastante alejado de las playas a las que van los bañistas en julio.

-Lo que no puedo creer es que todos los días regresara para estar con ella.

-Es verdad. Para qué tendría que inventar algo así. Lo contrataron como buzo, buscaba lo que fuera. Por esos días se dijo que había varios galeones que naufragaron cerca. Él salía muy temprano y se internaba en el mar, cada vez más profundo. Tal vez, buscaba el lugar donde ella había dejado de respirar, tal vez lo que quería era encontrarla ahí, donde la inmensidad se la llevó. Y cuando salía, regresaba al lugar donde estaba ella, cantaba o rezaba y siempre le pedía que se lo llevara porque sin ella no podría volver a vivir jamás.



Un Inventario, de Andrés Trapiello.





Un mastín con carlanca, una colmena, dos víboras de plata y, tras los olmos

de mi viejo León, el mar soñado

con sus barcos de hierro y sus naufragios.

El olor de la pólvora en agosto

y los vivos candiles de carburo

escupiendo su llama de navaja.

Hay un lugar aún en el que bailan

mujeres con mujeres y se escuchan

bajo los verdes chopos músicas de acordeón,

aquellas tristes músicas.

Una noche de estío con estrellas

en la infantil pupila destelladas,

y al lado de la iglesia,

ruinoso, acorralado, el cementerio,

la sombra del ciprés y su silencio

activo entre los muertos.

Cualquiera de estas cosas es un reino

con su paz y su guerra:

un mastín con carlanca, una colmena...



Un baúl con recuerdos de Gabriel...





El día que Gabriel invitó a Jacinto a Melancolía, el viejo lo pensó por segundos, quizás transcurrieron hasta varios minutos. Aún seguía sin comprender el porqué después de varios años de conocerse, finalmente, Gabriel quería dejarle descubrir ese universo en el que hasta ahora nadie se había permitido penetrar. Primero, porque, años atrás, El marinero a nadie habría invitado, segundo, porque nunca habló de sus recuerdos, y menos de objetos que según él, lo único que lograban era encadenarte a la tierra y no dejar que se levaran las anclas.

Gabriel siempre afirmaba que en eso era intachable, Jacinto pensaba en una palabra más contundente que ésa, para él, mejor era insondable, la había memorizado de un libro de cuentos que Gabriel le regaló algún día, pero el libro se perdió un día de lluvia que inundó por completo su cabaña. El viejo olvidó hasta el título, pero era incapaz de preguntárselo a Gabriel y menos cada vez que él le decía que lo único que quería era contar y que le contaran historias del mar, y por si fuera poco pensaba que el océano hablaba con él, era su viejo, su gran amigo.

Caía la tarde en la playa y Gabriel hoy no tenía muchos deseos de perderse en el mar, sufría de la melancolía que no mencionaba más que para llamar a su velero, pero eso no se lo dijo a Jacinto, aunque él, claro, lo notó. Compró una botella de vino tinto y lo invitó a la mesa del barco. El viejo lo aceptó sin mencionarle que para él era casi un honor bajar por las escaleras de la embarcación. Le pareció mejor callarlo y descender despacio, como empezando a descubrir el tesoro que guardaba El marinero desde mucho tiempo atrás.

El vino ya estaba por acabarse, cuando al viejo se le perdió la mirada en un armario al que le brillaban las vetas de su madera añeja por el reflejo del sol que ya se escondía en el azulquitapenas del mar. Gabriel lo miró con un tanto de curiosidad y Jacinto al sentirse descubierto le devolvió su mirada con pudor.

El marinero sonrió tranquilo, tomó lo que quedaba de la botella y lo sirvió exacto en los dos vasos ya fragmentados, pero muy limpios para esta ocasión. Gabriel alzó la copa hacia su amigo y lo miró despacio, bebió un sorbo largo sin acabar su cuota y se incorporó tranquilo para dirigirse a su camarote. Desde la puerta llamó a Jacinto y lo invitó a seguir.

-No quiera saber hoy viejo quiénes son o por qué guardo estas historias.

Jacinto asintió sin preguntar nada. Entró al lugar y era como la imaginaba. El camarote más desvencijado que el de la habitación del pintor holandés, y hasta un asiento similar junto a la entrada. Parecía no traer ninguna posesión más, pero desde la trastienda aún brillaba un poco un baúl ya ruinoso que anunciaba encuentros.

Gabriel se acercó y lo abrió, Jacinto parecía contar los pasos que lo llevaban hasta el fondo del cofre que tal vez en algún momento le permitiría adivinar los enigmas que guardaba.

Imaginó de dónde vendrían los mapas antiguos, imaginó también las travesías de la brújula que ya no revelaba en qué lugar estaba el norte, hilvanó secuencias con aquellas dos mujeres y el edificio que no logró descifrar en qué lugar del mundo permanecía erguido en sus estructuras antiguas. Pero en su rostro se fueron desvaneciendo las quimeras, mientras Gabriel lo observaba quedo y apuraba el último sorbo del buen vino que sólo para Jacinto había compartido.

Al regreso de Palermo.





I.

Gabriel no se llama Gabriel, tal vez, hasta él mismo olvidó su nombre. O lo fue olvidando desde el momento en que llegó a Adrià de los Besòs. La nieta de Jacinto fue quien lo llamó así y al Marinero le gustó que le recordara a un arcángel. Pero su procedencia no era precisamente de un cielo de donde se traen buenas noticias, quién sabe también qué tanto de averno pudiera tener el último lugar donde se detuvo Melancolía. Eso sólo podría contarlo Gabriel y aún no lo había hecho. Jacinto pensó que aquella tarde cuando lo invitó a tomar ese vino tinto, se lo diría, algo al menos de su vida le contaría. Pero Gabriel no lo hizo. Abrió el baúl y permitió al viejo imaginar muchas historias, pero ninguna que hasta él mismo pudiera creerse.

El problema es que Gabriel partió hace algunas semanas y no ha regresado. El baúl quedó al cuidado de Jacinto quien cada tarde toma una a una las pertenencias del pescador, como si pudieran hablarles, como si quisiera estrujarles palabras que le contaran acerca de Gabriel y de si volvería o no de su muerte que muy pronto lo alcanzaría en medio del mar.

Y Gabriel regresó, según le dijo a los otros vecinos del lugar, un hombre muy silencioso y melancólico llamado EZEQUIEL llegó una mañana hasta el embarcadero en Adrià de Besòs y le pidió que lo llevara hasta Palermo porque no podía aplazar más una cita que tenía hace mucho tiempo atrás y con la persona más especial de su vida, quería cumplirle su último deseo. Pero algo pasó en Palermo que embelesó a Gabriel y casi no puede lograr salir de ahí. Tal vez los balcones del Hotel Verdi, el mercado, aún no lo entiende muy bien, pero lo que nunca se va a perdonar es haber llegado tarde a su cita con Jacinto, le había prometido que a su regreso le contaría muchas historias. Esta vez eran distintas, eran sus historias, agolpadas ahí, en ese baúl destartalado. Ya no podría contárselas.





II.

El día que Gabriel regresó las mujeres del embarcadero rezaban por el alma de Jacinto que llevaba varios días perdido en el océano. Aunque sus rostros lo imploraban, no tuvieron que advertírselo, él mismo partió para alta mar a buscarlo y le prometió a Montserrat que lo traería de vuelta. Muchos días transcurrieron, pero lo encontró. Claro, ya estaba muerto, pero de una sola cosa estaba completamente seguro Gabriel, la sonrisa en el rostro del viejo parecía como si lo estuviera aguardando a él. Partió sin a quién decirle adiós, pero seguía aguardándolo a él para que le contara sus historias.

Por eso estaba Gabriel allí. Mientras regresaba al viejo a casa, le contó despacio qué misterios guardaba cada recuerdo de ese baúl que el viejo guardó con recelo junto a su cama, intentando descifrar que trozos de su vida habían quedado en cada puerto donde alguna vez arribó.





"Se me olvidó que te olvidé"

No sé en qué momento, pero ya no recordaba quién era y por qué estaba allí. En algún amanecer donde esa inmensidad azul me robó las horas, como dice la canción, "se me olvidó que te olvidé". Permití que todos en Adrià de Besòs me llamaran Gabriel, aunque ya ni si quiera quería recordar que mi nombre era Juan. Juan, como cualquier Juan, un Juan que huyó queriendo no volver a mirar un rostro que se acostumbró a ver cada mañana en la otra almohada de su cama, que ahora estaba sola. Un Juan que soñó con todas las quimeras que parece como si quién sabe quién quisiera implantarle en los poros, en la sien, en la sangre y en la médula. El Juan de ese relato quiso ser padre, trabajar en una oficina, ir de vacaciones los fines de año, hacer el amor tres o cuatro días a la semana con ella, la de la almohada, la del rostro que ahora se diluye en la espuma del mar que llega turbia y toca en el embarcadero.

Pero ese Juan ha dejado de existir y ya para qué recordar más. Los días sin el viejo Jacinto andan demasiado despacio y aunque prometí no necesitarlo, ahora sé que tendré que traerlo de vuelta y hablarle del Juan que se olvidó al otro lado del océano.

Un garito sin nombre en París







Sólo quería encontrar un viejo garito, un salón de baile como los de Brassai, la noche de París, de sus instantáneas. Tenía ganas de ver a las parejas de amantes bailando un tango, sólo perderme en las notas y dejar que la noche transcurriera lenta. Entré a un salón y una mujer muy hermosa bailaba La bien pagá, el hombre con el que estaba no se dio cuenta que por su rostro bajaban inmensas lágrimas, pero jamás dudó en cada elegante paso, en ese rostro intacto y altivo, a pesar del dolor en el que estaba envuelto. Me miró y bajó la cabeza avergonzada, pero continuó con su sensual baile.

Me senté en la barra junto a un taburete que estaba vacío, pero frente al asiento había una copa de vino tinto grande, y a medio terminar, tal vez crucé los dedos para que apenas terminara aquella vieja canción, la mujer con un vestido malva ajustado a su cuerpo, zapatos de tacón alto y hebillas, viniera, se sentara a mi lado y me contara el porqué de su melancolía.

-¿Y por qué habría de contárselo?

Eso fue lo primero que le escuché, su voz era dulce, aunque estaba afónica. Prendió un cigarrillo y se sentó a mi lado, tomó un sorbo de su copa de vino. Sonrió, a pesar de que las lágrimas permanecían en su rostro.

-Mi nombre es Gabriel.

-Yo soy SAMANTHA





El hombre que bailaba con ella se sentó con otros más que la miraban con deseo. Tras la barra un negro muy alto se desplazaba hábilmente sirviendo tragos y cambiando la música en el equipo de sonido. Las primeras notas de Jugar con fuego se escucharon.

-¿Le gustaría bailar?

Samantha bajó del taburete y caminó despacio hacia la pista del salón. Varias miradas se volcaron a mirarla mientras yo repasaba las viejas clases de tango que alguna vez tomé en el viejo salón La Viruta. Temí decepcionarla, era claro que no era una bailarina casual. Y según ella misma, yo tampoco. Las miradas siguieron escrutándonos mientras nos llegó la madrugada a unas pocas cuadras del lugar y en un parque al que no le advertí su nombre, sólo quería quedarme embelesado escuchando su historia, los retazos de sus recuerdos que anotaba en diarios llenos de poemas, con gotas de sangre y dolor. Lloraba porque alguna vez el más equivocado la llamó "bien pagada", ahora ella se obligaba a llamarse prostituta, pero no lo era, tan sólo buscaba el amor... Y al parecer nunca lo pudo encontrar.

Un trozo de la bitácora de Gabriel



Gabriel estaba ya muy cerca de su playa y aún no terminaba de resolverle a Jacinto el porqué de sus viajes, el porqué estar de paso. No se atrevía a desenmarañar más que las historias de otras, pero retenía con el aliento sus verdades. Tardó unas cuantas horas contándole de Arturo, el hombre que muy tarde vino a saber que tuvo una hija y que vivía en Cali, Colombia. Sólo se enteró cuando ella escapó de casa buscando respuestas a su vida que parecía desequilibrarse por dos instintos que nunca había conocido. Su nombre era ANTONIETA, y llegó a él cuando Arturo caminaba a zancadas a su lecho de muerte. Gabriel la anunció, se había encontrado con ella en la estación vieja del Retiro, y buscaba a Arturo con ansias después de casi tres meses de viajes en auto stop. Antonieta había robado dinero del lugar donde sabía que su madre guardaba los ahorros y con la última carta que Arturo le había escrito desde Buenos Aires se fue de Cali hacia el puerto del tango y la melancolía.



Arturo la miró y su cabello rojizo le recordó a su abuela, sus ojos le hicieron viajar hasta Cali para volver a besar a Clementina, la mujer de la que se enamoró como nunca la había hecho de nadie, la mujer que le dijo que se fuera de nuevo para Buenos Aires porque lo que habían vivido podría ser tan tedioso como el matrimonio que ahora quería que ellos tuvieran. Arturo nunca pudo comprenderla, estaba decidido a quedarse con ella, pero Clementina huyó, se desapareció más de un año de su vida, por eso regresó a Argentina lleno de las nostalgias de ese amor inconcluso. Tanto la amaba que guardaba aún como tesoros las argollas que ella le había rechazado, casi restregándole en sus huesos que si había algo que nadie le quitaría en la vida sería su libertad. Nunca se lo dijo, pero la única y verdadera razón estaba en su vientre y se llamaría Antonieta.

Un bar llamado EL DESENLACE.





No podría olvidar su rostro, pero hay algo de JORDANA que sigue imborrable en mi memoria, ese escorpión en su espalda, cerca al brazo derecho, su piel suave que tanto quise tocar, pero nunca lo hice. Tampoco podré dejar de recordar cómo le lanzaba cosas a un hombre que luego ella me contó que se llamaba Javier. Creo que conocerla fue lo que me hizo emprender finalmente este viaje que nunca va a terminar, y a decir verdad, tampoco lo quiero. El cuarto que podría querer arrendar mi corazón estaba en toque de queda, como lo menciona Drexler en una de sus canciones que me acompañan a tal punto, que a veces siento como si se las hubiera contado, como si su bitácora fuera la misma que llevo desde siempre.

Seguí a Jordana cuando bajó las escaleras de salida en su edificio de apartamentos. En los alrededores la gente aún comentaba un poco sobre la pelea de esa noche. Se amaban, pero si continuaban juntos iban a terminar haciéndose daño.

Jordana caminó apresurada, su mirada estaba anclada en el pavimento y entró sin saludar al portero del bar de la esquina. Yo aún era Juan y no imaginaba que algún día otros me llamarían Gabriel. El Desenlace era el lugar que más frecuentaba por esos días, Jorge sin saberlo, sin quererlo, tampoco, se había convertido en el amigo que siempre quise tener y ese pequeño local de blues, la casa que nunca tendría.



1. INT. BAR EL DESENLACE. NOCHE.



Las manos de un JORGE vierten una cereza en una copa ancha que tiene un cóctel grande de color azul. En el lugar se escucha un blues de Billie Holliday. La cereza flota sobre el hielo con un removedor en acrílico que tiene una figura en la punta. Las manos de JORGE empujan la copa hacia JORDANA.



JORGE, 30, tez morena, barba corta y fina, lleva un delantal que tiene un estampado con el nombre del bar: EL DESENLACE, le sonríe a JORDANA que lo mira a punto de estallar en llanto, lleva una blusa de tiras y una chaqueta en cuero.

JORDANA

¿Cuánto te debo?



JORDANA saca un billete de un bolso pequeño que tiene terciado sobre sus hombros y se lo acerca a JORGE.

JORGE

(Le devuelve el billete)

Nada mujer, la casa invita hoy.



JORDANA

¡Cómo se te ocurre! Tras de que espanté la clientela de toda la cuadra, no, no puedo aceptarte.



JORGE niega con la cabeza y ahora sonríe a JUAN que se para frente a él y junto a JORDANA, tiene alrededor de 45, es alto, tez blanca, lleva una boina negra con la que le hace un gesto de saludo a JORGE.

JUAN

Si Jorge dice que la casa invita es mejor no hacerle un desplante.



JORDANA sonríe sin mirar a JUAN y guarda en su bolso el billete.

JUAN

¿Puedo sentarme aquí?



JORDANA

Yo prometo no ocasionar ningún problema más... Al menos por esta noche.



JORDANA se quita la chaqueta. JUAN no pierde de vista sus movimientos y su mirada se queda perdida en la espalda y el hombro derecho de JORDANA donde hay un tatuaje en blanco y negro de un escorpión.

JORGE

Este hombre se llama Juan, estoy tratando de convencerlo para que no se vaya de esta playa.



JORDANA

Ah... ya, claro, la playa bogotana. ¿Viaja muy lejos?



JUAN la mira indeciso. JORGE sonríe.



JORDANA

No sabe para dónde va todavía.

JUAN asiente. JORGE le acerca un tequila doble y pone sobre la barra un plato pequeño con un limón cortado y sal.

JORDANA

Podría invitarme, tal vez en el camino encuentre a alguien con el que tengo pendiente una larga conversación.



JUAN levanta su rostro hacia JORDANA, la mira un poco asombrado. JORDANA suelta una carcajada muy corta, toma un gran sorbo de su trago y mira adolorida a JORGE.

Hacia el delta del Río Nilo



Había escuchado muchas historias sobre su padre, no recuerdo su nombre, siempre los que hablaban de él lo llamaban el Arqueólogo Thomes, había muerto en una expedición en la que pretendía encontrar las incógnitas de la Atlántida, pero su más famosa expedición había sido en el Templo de Abu Simbel . Cuando se construyó la presa de Aswan en 1959 y subió el nivel del río Nilo, poniendo en riesgo a este templo, el arqueólogo fue uno de los que lideró el traslado del templo a 200 metros de sus cimientos originales. Ese detalle lo recordaba perfecto porque tal vez no hay lugar en el mundo que me haya dejado más huella que ese inconmensurable templo. GUYBRUSH me buscó porque le dijeron que mi Melancolía era el velero perfecto para llevarlo a Alejandría donde varios de los discípulos de su padre habían hecho un centro de estudios dedicado a investigar y conservar los grandes descubrimientos que había logrado el británico. Guybrush era aún muy joven, aunque ya estaba cerca de los treinta, apenas comenzaba a demostrarse a sí mismo que ser arqueólogo y llevar a cuestas ese apellido no iba a ser nada fácil, pero el solo hecho de estar cerca de tal leyenda casi me lleva a emprender el viaje sin importarme ni siquiera si el dinero que llevaba me alcanzaría para llegar hasta el puerto encallado entre el Nilo y el Mediterráneo.

Frente al Carrusel en la Plaza del antiguo centro de la ciudad.



Siempre regresaba a Florencia, a sus callecitas empedradas, que no terminaba de descubrir, al Duomo, a la Plaza de la Señoría, a la Galería de los Ufizzi, los cafés, y el carrusel en la plaza del antiguo centro de la ciudad donde volvía para sólo sentarme largas horas y ver pasar a uno y otro visitante. Una tarde estaba ella sentada: CARLA. Su belleza era indescriptible, después me dijo que hasta le molestaba, muchas veces había rogado no llamar tanto la atención y no ser tan deseada, todo el que se acercaba a ella lo único que pretendía era devorarla. Permitió que me sentara a su lado y me habló en perfecto italiano, aunque su idioma era el español. Sin muchos miramientos me dijo que si pretendía un romance con ella no lo iba a lograr.

Siempre he pensado que a las mujeres como ella, prefiero sólo mirarlas, por eso me importó poco su temor disfrazado de tanta altivez. Eso le encantó a Carla, casi instantáneamente nos hicimos amigos, no habían transcurrido ni dos horas y ya me contaba que estaba en Italia no sólo para reencontrarse con su familia, también huía de dos hombres que pretendían encerrarla en un cofre o ponerla en un pedestal para mostrarla y ufanarse, como si ella fuera la más perfecta de sus pertenencias.

Los faroles de Valencia.



Lo que más me gusta de Valencia es su luz artificial, los faroles que le dan ese tono ocre a toda la ciudad, cuando comienza la noche. Recorrería una y mil veces la ciudad por el lugar donde antes se encontraba el río Turia y desde hace varios años se convirtió en los Jardines del Turia. Desde el lago de los cisnes hasta donde termina la ciudad de las Artes, parece como si la ciudad dejara de existir y comenzara un mundo lleno de magias y laberintos.

Hace unos pocos meses estaba ahí, como siempre, de paso. Renté una bicicleta y salí muy temprano de mi Melancolía, estaba muy cerca de Malvarrosa, pero pretendía llegar hasta el lago y finalmente pedalear un poco en esas embarcaciones en forma de cisnes. Crucé las Torres de Serrano y allí lo encontré, pero no hablamos, sólo sonreímos un poco y seguí avanzando. Nuestro pedalear era muy similar y pensé que íbamos hacia el mismo lugar. Al llegar a nuestro destino él compró una botella de agua y se quedó mirando un buen rato hacia el lago donde había unos pocos enamorados. Luego soltó una carcajada que al comienzo no pude entender del todo, hasta que se me acercó divertido y me dijo que no pretendía nada conmigo, si de algo estaba seguro era de su sexualidad, pero no quería ir solo por el lago y le parecía que yo andaba en las mismas, el que reía después a carcajadas incontenibles era yo. Subimos a la embarcación intentando perder nuestra timidez. Mis carcajadas se acabaron muy pronto, la tristeza de OMAR sobrepasaba tantos dolores, que nunca pensé que sobreviviría a sus pesadillas y sus recuerdos, pero hoy he recibido una carta en donde me dice que lo ha logrado, ha dejado de culparse por la muerte de la pequeña Mónica y finalmente, ha vuelto a sonreír.

Entre Argos y Pandoras

http://www.youtube.com/watch?v=FD4Lf53CaBc&feature=player_embedded

Desde la calle cercana al mar me cautiva la vitrina de esa tienda de antigüedades que me llena de curiosidad. La escafandra es lo que más llama mi atención, al fondo una lámpara azul en vidrio con la que seguramente soñaré en la noche, al no poderla llevar hasta el camarote del Melancolía en este mismo instante. Atrás, junto a otra lámpara colgante redonda y verde, un mascarón de proa que me recuerda a Neruda y a su Isla Negra, pero a lo que me lleva instantáneamente es a Daniela, a la mujer que quiso ser la Pandora de Barry Windsor.

Demasiados fragmentos se agolpan frente a un hombre mayor vestido de marinero que me mira atento y espera a que yo le diga qué quiero llevarme de ese barco anclado que mira hacia el mar a través de las vitrinas donde su anuncia que su nombre es Argo.

-¿Qué mar lo trajo a estas playas, marinero?

Mi reacción es tardía, pero él no tiene ninguna prisa, enciende una pipa tan auténticamente antigua como todos los rincones de lo que quiere ser la cubierta de un moderno Argo. Sólo el olor dulce de la picadura logra traerme de vuelta a Salvador, así me dice que es su nombre. Hace más de diez años ancló sus velas en este puerto, la razón: Mariana, una mujer que desde el momento en que pisó la cubierta de su embarcación lo enamoró, los dos ya tenían demasiadas y viejas historias para contarse, Salvador estaba un tanto cansado de las travesías y Mariana, tan solo pensaba darle gusto a sus nietos que le habían regalado un crucero por las islas griegas, y no imaginó que el capitán del barco la iba a embelesar cuando el amor había quedado en el olvido años atrás con la muerte de Francisco, su esposo, primer, y hasta ahora único amor.

Se casaron cuando Salvador acababa de llegar a sus setenta y Mariana se acercaba a los sesenta y cinco. Y por ahora seguían amándose, o mejor, como le dijo Salvador, acompañándose día a día en las vejeces.

No soñaré con la lámpara, sus rayos azules son los únicos que iluminan mi camarote, ahora que regreso con Jacinto y le cuento una a una las historias que le debía. He tardado más de lo previsto en alta mar sin regresar su cuerpo que ya debe descansar en su Adrià de Besòs. Dame otra espera Jacinto, no pensé pasar la noche en este puerto, no imaginé tampoco que Salvador y su tienda Argo serían lo que me llevaría a contarte una última historia, ésta que siempre quisiste escuchar. Si pudiera hablarme me diría, ya Gabriel, no le dé más largas al asunto y cuénteme por qué comenzó este viaje que ni usted mismo sabe cuándo terminará. Lo miro quedo, tomo sorbo a sorbo un vino tinto y atiendo sus llamados.

Mi nombre aún era Juan, vivía en Bogotá, la capital de Colombia, lejos, lejísimos del mar, 2.600 metros sobre su nivel, para ser más exactos. Desde muy niño soñaba con hacerme a la mar, tal vez por Julio Verne, tal vez por Conrad, vaya uno a saber. Pero primero tenía que sobrevivir, estudié filosofía y letras, algo que según mis padres nunca iba a sacarme de pobre o de pobresor, casi lo mismo, según varios de esos malos amigos con los que uno se topa por ahí. Fui maestro de literatura en colegios y luego en una y otra universidad, hasta que un día un chico, tal vez uno de los más jóvenes, me preguntó por qué los hacía leer tantas historias de mar y más bien no pensaba en cumplir con mi deseo de embarcarme sin destino fijo, ¿eso es lo que quiere, por qué entonces no lo hace?

Y entonces me dije que había llegado el momento, faltaba poco para el fin de año escolar, no podía dejar todo abandonado, pero las vacaciones del verano serían las perfectas para embarcarme en Cartagena, Santa Marta o si no había otra opción, en Buenaventura.

Desde siempre había espantado el amor, había amado, claro que sí, con ganas, con fuerzas, con dolor, con nostalgias, con tuétanos, pero sin promesas. Pero llegó Daniela, la mujer por la que quisiste preguntar el día que abriste el baúl, Jacinto. La conocí cuando recién se había pasado al edificio donde siempre había soñado vivir. Sí, el que está en las fotos que nunca expliqué. También había estudiado literatura, pero ella sí estaba convencida de ser escritora, y así lo es. Yo me quedé de navegante y contador, eso, creo, me gusta más. Tenía certezas claras, más que yo, de no necesitar juramentos, ni argollas, ni amores eternos, pero decía que si algún día decidía vivir con alguien haría un rito en una playa y se vestiría como la Pandora de Windsor o como la Victoria alada de Samotracia.

Nos enamoramos tanto que comenzamos a hacernos reclamos, tanteábamos esperas mientras dolía el vientre y no lográbamos saciar ninguna sed. Un día le dije que aceptaría un nuevo año en las tres universidades donde enseñaba, quería quedarme a su lado. Pero fue ella quien terminó llevándome hasta Cartagena para verme partir.

"No se navega con tan solo soñar y leer. Nuestro acuerdo era otro, pero esta vez necesito una promesa, no te olvidaré, no me olvidarás, pero no volveremos a buscarnos. Cuando tengas un barco llámale Melancolía, como se llama la embarcación de mi novela, así nos recordaremos, así estarás en mi vida siempre, así estaré yo en la tuya".

Eso me lo dijo el amanecer antes de mi partida, vestida como Pandora, y frente al embarcadero en Cartagena de donde zarpé hace tantos años ya. Ahora lo sabes viejo Jacinto, de allá partió un hombre llamado Juan, uno que de tanto amar ya olvidó el amor, ese que hasta hoy Gabriel había logrado dejar en el olvido.

Esta era la historia que me faltaba por contarte viejo Jacinto, ahora ya sabes por qué y de dónde llegué, si quisiera regresar, ya no sabría hacia dónde, pregunto al jardinero, y el jardinero no me responde. Hay gente que es de un lugar, no es mi caso, yo estoy aquí, de paso, nadie diferente a Drexler podría decirlo mejor. Ni siquiera yo. De nuevo estaré de paso viejo, no sé a dónde me lleve ahora mi Melancolía, dejaré tu cuerpo en el la playa que fue mi casa este tiempo. Tal vez no vaya muy lejos, tal vez estoy más cerca de casa de lo que siempre pensé; claro, si ésta es mi casa. Ahora quisiera sólo dejarme llevar, como la tarde de abril aquella en que el olor del puerto me hizo recordar el viejo sueño de encontrar una pequeña casa cerca al mar en la que pudiera habitar, cuando ya lo único que se quiere es dejar que la espuma llegue a los pies, mientras se recuerda y se construyen escaleras de palabras, mientras otros cuentan y cantan sus historias también.



Adriana Villamizar Ceballos.

avillamizar@javerianacali.edu.co

www.azulquitapenas.blogspot.com

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